Un 24 de Diciembre del 2003 las FARC atacaban a los soldados del Batallón de contraguerrilla matando a 5 soldados.

Un día como hoy 24 de Diciembre del 2003 en Puerto Toledo, Meta, el frente oriental de las FARC atacó al a los soldados de la compañía Bravo del Batallón de contraguerrillas No 7 Héroes de Arauca mientras realizaban un desplazamiento en la zona.


Desde el primero de Diciembre de ese año, las FARC atacaron a estos soldados prácticamente todos los días.


Ese 24 de Diciembre los combates comenzaron muy temprano y posteriormente fueron atacados con un mortero y granadas dejando 5 soldados muertos y 11 más heridos. 


Lastimosamente ese día, la compañía también perdió a su mejor amigo, a Zeus, el perro Antiexplosivos el cual fue secuestrado por las FARC en medio del combate.


Una Navidad Gris, así lo expresa un enfermero de combate que no solo tuvo que vivir en carne propia este vil ataque pero también tuvo que ayudar a salvarle la vida a sus compañeros que cayeron heridos.


A continuación un texto del Sargento Héctor Bernal, enfermero de combate referente a lo sucedido ese día. 

Navidad Gris
Nunca pensé que pudiera volver a regresar a casa, la situación era difícil, todos los días se reportaron heridos, la gran mayoría mutilados a causa de las minas. Se acercaba la Navidad del año 2003 y nuestra unidad, la compañía bravo del batallón de contraguerrillas No 7 héroes de Arauca, mantenía una posición crítica sobre un punto llamado Valle si en jurisdicción de Puerto Toledo Meta, desde el primero de diciembre la Farc nos atacaba casi todos los días. Para ese entonces, mi compañía estaba muy reducida; algunos soldados habían sido heridos, mientras otros estaban enfermos de paludismo y leishmaniasis. Nuestro futuro era incierto, cada día era una nueva lucha por lograr sobrevivir.


El 24 de diciembre, los combates iniciaron muy temprano, en eso de las 11 de la mañana, nos informaron que estaban alistando a “salomón” y cuando nosotros escuchábamos esa palabra, “salomón” sabíamos que se trataba del terror propio de puerto Toledo, era un tipo de mortero, el cual utilizaban los guerrilleros, para atacar las unidades militares desplegadas en la zona a principios del año, muy cerca al municipio de puerto Lleras. Una granada de esas, cayó justo al lado de la estufa, donde unos soldados estaban preparando el desayuno, creo que fueron cinco muertos y como once más heridos.

Dicho día, también perdimos a nuestro mejor amigo, Zeus, quien fue secuestrado en medio del combate; para nosotros fue un golpe muy duro. Justo el día de navidad, ya llevamos varios días sin poder comunicarnos con nuestras familias, pues en la zona no había señal de celular. Para esa época, mi hija tenía tres años y no había pasado ni la primera navidad con ella, no sabía lo que era entregarle un regalo durante la noche del 24 de diciembre, y mucho menos sabía lo que era celebrar la novena. Yo ya llevaba 5 años metido en el interior de las selvas, lejos de casa; cinco navidades a varios kilómetros de distancia, que me separaban de mi familia. Ese día todos estábamos tristes, no porque fuera 24 de diciembre, sino por la pérdida de nuestro peludito Zeus.

Nuestra cena de navidad esa tarde, fue salchichón y pan, con un poco de arroz blanco, cundo llego la noche, nos desplazamos a un cerro, donde podíamos escuchar la música a todo volumen y se podía observar a un grupo de guerrilleros armados, el cual celebraba el 24 de diciembre en un pequeño caserío. Estamos limitados a realizar cualquier acción, porque había población civil, entre ellos muchos niños que utilizaban como escudos humanos. El 25 los guerrilleros detectaron nuestra ubicación y comenzaron un ataque con ráfagas de ametralladoras y mortero, nosotros tratamos de defender nuestra posición, pero nos fue imposible, éramos solamente 18 militares. Tuvimos que retroceder, cargando a un muerto y a un soldado herido por una granada de mortero, que cayó sobre nuestra posición. Recuerdo que junto con el viejo Barrero operador de la ametralladora M249 la Flaca, el Perrero y el soldado Pelusa, nos tocó lanzarnos por un rodadero, los cuatro pertenecíamos a la primera escuadra y siempre andamos juntos para todo lado, éramos inseparables, al punto de parecer hermanitos.

El Viejo Barrero era como nuestro padre, cuando se emputaba, nos regañaba a todos, al viejo le debo mi vida. En una operación en Lejanías Meta, pelusa iba de puntero, seguido por la Flaca, yo marchaba en la tercera posición y tras llegar al cruce de un camino, el viejo me empujó, tirándome al piso, cuando caí, escuché la ráfaga de la ametralladora, con las vainillas cayendo encima de mí. Yo no había observado que los guerrilleros estaban a unos cuanto metros; nos tenían una emboscada que el ojo de águila del viejo pudo ver a tiempo. Reaccionar eso, evitó que ese día fuera nuestra muerte, porque nosotros avanzábamos directo a la emboscada. La Flaca, como llamábamos al soldado Mosquera, que en paz descanse, era un joven blanco, alto, todo un guerrero.

Recuerdo que un día estamos cerca de Villavicencio, cuando llego la esposa del viejo, a preguntar por su esposo.
-¿Dónde está barrero? –me miro al hablar-.
-Está allá, en la orilla del rio, con la flaca -la señora se quedó mirándome un poco seria, y yo con una sonrisa me encargue de explicarle-. No piense nada malo, la Flaca es el soldado Mosquera, el lancita del viejo. -la señora soltó la risa-.
-Pensé que era una vieja.


Los cuatro ese día cubríamos la primera línea de defensa, manteniendo el contacto, mientras mi teniente, con el resto de las soldados, buscaban una salida, al rodar por el abismo, perdí mi radio; solo logre recuperar mi arma y mi botiquín con unos pocos insumos. Ni siquiera tenía guantes, me tocaba lavarme las manos con el agua de la cantimplora y seguir atendiendo a los heridos. Así pasamos varios días, hasta el 31 de diciembre, eran como las 11 de la mañana, cuando fuimos nuevamente atacados. Recuerdo que nos enviaron un helicóptero de reconocimiento, y lo único que escuchamos decir al piloto por la radio, fue; “Si pueden, traten de escapar, son muchos los que vienen por ustedes. Los están rodeando, salgan rápido”. Nos miramos unos a otros, nadie decía nada, solamente se escuchaban las ráfagas de fusil y los estruendos de los morteros, eleve mi mirada al cielo y dije “Dios en tus manos encomiendo mi espíritu, que se haga tu santa voluntad”.


Por: Sargento Hector G Bernal

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